sábado, 15 de junio de 2013

Memorias Futboleras



          Juan Antonio Ventieri -mi papá- nació en José Mármol el 3 de agosto de 1920 y desde temprana edad manifestó pasión por escribir. Avido lector de temas filosóficos y de historia argentina.


          Cultor de nuestras tradiciones, a través de las cuáles conoció al Dr. Samuel Tarnopolsky, autor de varias obras referidas a indios y curanderos, entre otros temas. Amante del lunfardo y dueño de una memoria prodigiosa.
          Ferviente admirador de Jorge Luis Borges con quien compartía el cariño por Adrogué, su historia y sus personajes, retratados a menudo en la obra del gran escritor.
          Durante 40 años trabajó en Cartuchería Orbea y en Duperial ocupando distintos cargos relacionados con seguridad industrial y relaciones públicas.
          En 1962 publicó la primera edición de “Historia de Cartuchería Orbea” y una segunda edición actualizada apareció en 1966.
          Incursionó en el periodismo a través de “Auto Club” donde escribió sobre caza y pesca deportivas a mediados de los 70. Dijo adiós un 23 de diciembre, a los 77 años.
         Este escrito en prosa me lo dejó unos días antes de morir. Lo observé en silencio, entre sorprendido y felíz, mientras evocaba hechos, nombres y escribía, tal como hoy lo publico : de corrido y sin cambiarle ni un punto, ni una coma.
         Lo vi llorar de emoción porque intuía que su vela se apagaba. Porque se le había hecho “muy larga la vida”, como me decía por aquellos días, pero se aferraba a esos recuerdos de su juventud como al pasamanos del bondi, mientras viajaba en el estribo de la vida.   
 

Memorias Futboleras
 

“...una pelota apasionada,
rotosa o a estrenar, pero argentina
rodando para siempre por mi canto
se dejará besar, seguirá andando...”
 (La marcha de la pelota. Alejandro Del Prado)


            Mi primer recuerdo futbolero se fija en la cancha de Adrogué Foot-ball Club entre los años 1925  y 1927. Un alambrado romboidal circundaba la cancha cubierto en todo su perímetro con bolsas de arpillera cortadas y extendidas. Con ese arbitrio evitaban que el público viera el partido desde el exterior.  No recuerdo otro detalle. Yo tenía entre 5 y 7 años. El día de este acontecimiento con mi papá, mi mamá y mis hermanos fuimos a visitar a una tía que vivía frente al  hospital “Lucio Meléndez” -frente sur-.


            Otro recuerdo posterior está integrado por una “Nº 5” que le regalaron a Roberto, mi hermano. “Es de badana”, decían algunos pibes de la barra, los eternos detractores. La badana es una  piel curtida de carnero que, por supuesto no resistía el trato violento propio de un partido de  fútbol. Las de uso reglamentario eran de cuero de vaca curtido cosido en gajos. Tenían una cámara de goma (en inglés el “blade”).  Era una pequeña bolsa con un pico por donde se la inflaba. Había infladores especiales, pero se empleaba con ese fin los de automóviles o bicicletas ya que los neumáticos de estos vehículos, que hoy son sellados, en aquella época estaban también compuestos por una cámara inflable y una cubierta.

            Una pelota igual que ésta se encontraba expuesta en un negocio de la calle Callao, entre Tucumán y Viamonte junto a unos zapatitos infantiles de fútbol que habían pertenecido a José Manuel Moreno.

            La cubierta de la pelota tenía una boca por la cual se introducía la cámara dejándose  fuera el pico para inflarla. La boca se cerraba con un tiento, también de cuero, mediante un pasatiento. Este a veces se zafaba al extraer el tiento hacia arriba y era causante de algunos pequeños accidentes; mi hermano se lastimó un ojo en una ocasión en la que él junto a otros “entendidos” no podían sacar un tiento. El “Melena” Wettlin, jugador del Club Atlético Temperley en los años treinta, perdió la visión de un ojo al intentar cabecear la pelota, cuyo tiento se había salido, golpeándolo igual que el azote de un látigo de carrero. Yo ví jugar a ese hombre, ya tuerto, en la cancha de Cultura. Era wing izquierdo.  

Enrique "Melena" Wettlin

             El futbol “institucionalizado” de José Mármol que guarda mi memoria comenzó con el glorioso Tornillo. Su origen se pierde en el tiempo... tal vez no queden ya quienes puedan dar fe de su fundación. Guillermo Mora, Beroco, Marcelo Bonini ya no están... Pienso que nació por generación espontánea.  Nosotros lo heredamos hacia 1930,  la sede,  la esquina de Rosales y Thorne, un almacén; los escaños, el cordón adoquinado de la vereda; la cancha, el potrero de Miguel Anoni.

            Recuerdo un partido desafío con Los Mil Colores, una “institución de zaparrastrosos”    -yo sé que se dice zarrapastroso siempre que no se refiera al fútbol- como nosotros. El origen del nombre respondía a que cada uno jugaba con la camiseta que podía conseguir...cualquier color cabía en el nombre. Tenían la cancha junto a la vía que llegaba a la estación Temperley, cerca de la Divisoria, lado Oeste. Los arcos eran cuatro palitos y el travesaño un cable.

            El réferi nos cobró un penal. Dos tipos -la barra brava no es invento actual, cuestión de nombre nada más- se apoyaron en los palitos de nuestro arco achicándolo, pero cuando el delantero pateó se retiraron tirando de los mismos agrandando el arco, maniobra que le permitió el travesaño elástico. No protestamos, si lo hubiéramos hecho nos jugábamos el cuero, y no el de la pelota... Pensamos reclamar ante la AFA pero todavía no se había creado.

            También jugábamos, trifulcas mediante, con Cinco Esquinas, otra entidad vecina, con sede en la esquina de Erézcano y Jorge, y cancha en un potrero sobre la calle Erézcano de donde los vecinos con frecuencia nos echaban.

            Un memorable partido fue el que jugaron las divisiones superiores de Tornillo y Plaza Bynon, equipo en donde fue arquero Paquito Llusá. Recuerdo entre los nuestros a Roberto Garritano. La cancha estaba situada en la calle Toll. No recuerdo bien en que momento del encuentro se apersonó un vecino esgrimiendo un bastón y vociferando que no podía dormir la siesta a raíz del ruído provocado por el nutrido público. El réferi, mientras salía por un agujero del alambrado, dió por terminado el cotejo por falta de garantías. Tiempo después el esfuerzo obtuvo sus frutos. No sé como, pero alcanzamos a tener once camisetas rojas -¡Independiente nos asista!- y como premio, once pibes vistiéndolas se presentan en el corso, tal vez en 1931.

            Tornillo se diluyó en el tiempo como una ilusión, tal vez no fue otra cosa, pero alguien lo afirmó en la realidad: ¡el Lolo Mazzei! Fue arquero de Brown, de Adrogué durante quince años. Fuerte, hábil y, sobre todo, un gran muchacho.

Brown en 1946. El arquero es "Lolo" Mazzei
                                                   
            Hablo aquí del fútbol de potrero...un baldío...una pelota...un picado eran suficiente y vital convocatoria de pibes y los que habían dejado de serlo. A ellos se sumaban -y copaban la acción varias veces- los que no olvidaron que lo habían sido, a pesar del tiempo inexorable. Entonces se producía un fenómeno insólito, en el picado convivían el padre, el hijo y en casos extremos el nieto.

            Si me obligaran a utilizar la sinonimia, con la que los que sólo hacen que saben llenan páginas del diccionario, diría remitiéndome a la palabra “potrero” según la Real Academia, lugar donde se cría el ganado...etc. ¡Mentirosos!. ¡Que los academicistas se agarren de la etimología que se les cante!, pero que no tiñan con distorciones el idioma, ese que no es de ellos. Apenas Kant podría ayudar algo al definir el espacio y decir que no existe en la realidad, sólo es lo que ponemos como trasfondo de lo que realizamos. Y eso tampoco.

            Potrero es un grupo de pibes, algunos zaparrastrosos, otros no tanto, pero arrimando, que con una voluntad increíble crean un mundo aparte entre tribunas de cemento o tablón,  poco importa, colmadas de gritos y banderas. Es la pebeta más linda del “cole” que aplaude el gol. Es el viejo cabrero, ahora felíz, por una vez aunque más no sea, con la atajada del hijo, ese vago que a veces “se hace la rata”. El potrero es el lienzo en el que cada pibe dibuja un sueño propio e irrepetible, que lo acompañará toda la vida. Ese que no borrará ni el laburo, ni el casorio, ni la cuota de la casita.  Ese pibe que patea descalzo y de puntín, como el Lolo, o ese que rompió las zapatillas nuevas...las de ir a la escuela...y “la vieja se chiva”.

            En la calle Thorne, entre Rosales y Piedrabuena -a media cuadra de la sede del Club Tornillo- un potrero se nos murió una tarde igual que una pelota desinflada. Lo compraron para construir un edificio enorme. Fue fácil desmontar los tablones... total estaban hechos de pura ilusión...lo que sí fue difícil volverse cabisbajos con la pelota debajo del brazo envuelta cuidadosamente como un perrito con frío.

            El primer potrero futbolero que me devuelve ahora la nostalgia es el que circundan las calles Saenz Peña, Robinson y Piedrabuena. Era un terreno rodeado de pocas casas lo que ocasionaba un problema por los frecuentes desvíos de la pelota.  Algunos se negaban a devolverla. Esto era nefasto para las finanzas, había que suspender las prácticas o “rascar” algún subsidio. Era un estadio reservado para mayores. Recuerdo que los tíos de Horacio, los Arín, Julio y Juancito y los Marlow, Perci y Tomy que estaban bajo bandera como conscriptos, jugaban con el uniforme puesto a veces...Ejemplo cabal del respeto a la ley. Allá por 1927 se produjo allí un desdichado accidente. Un pelotazo en el estómago causó la muerte de un muchacho de apellido Bilbao. Otro potrero en el que se desarrollaban grandes encuentros estaba situado en Piedrabuena y Onelli, entre dos líneas de casas. Este predio incluía una calle no habilitada que aumentaba el ancho del campo de juego. Entre los más conspicuos concurrentes se encontraban Don Manuel y sus hijos Toto, Arnol, Achín y Leopoldo; Juancito Logarzo, Esteban Mora (“Beroco”), Julio Arín, mi hermano Roberto y yo. Aquí los entreveros se resolvian con partidos entre equipos de grandes y chicos que a veces perdíamos por goleada.

            No recuerdo el destino de ese terreno ya que no volví aunque está a tiro de gomera de la casa vieja. Quizás lo ocupe un edificio lujoso, de grandes dimensiones, pero si de algo estoy seguro es que abajo, donde las raíces se prenden a los cimientos, la tierra guarda recuerdos, allí donde la igualdad es horizontalmente indiscutible siguen nuestras pisadas, muchas en alpargatas, dirigiéndose a esos cuatro montones de piedra, ropa o latas vacías, rumbo al gol.

 La casa vieja

            Había otro potrero-estadio en Bouchard y casi la vía en donde Roberto hizo de referí. Seguía de cerca el juego y procuraba que no se detuviera el tiempo, por eso corría siempre próximo a la pelota con el reloj en la mano (era un reloj de leontina pues aún no se había difundido el de pulsera). Seguramente aún guarda el silbato... era de metal blanco y tenía una soldadura de estaño hecha luego de una rotura. ¡Sin duda una pieza de colección!


Mi Tío Roberto en la época de su breve carrera en el "referato"
            Probablemente el último potrero de la zona fue el que estaba delimitado por Saenz Peña, Nother y las vías, ya que lo alcanzó la transición que fue del potrero a la cancha, con arcos de madera, marcas reglamentarias pintadas con cal y a veces red. En sus últimos tramos de baldío fue cancha auxiliar del Club Atlético Cultura. Allí recuerdo que Marcelo Bonini hizo un gol cabeceando la pelota con el “rancho” puesto.

            En ese potrero se armaban partidos entre muchachos mayores, sin la intervención de “ladillas”. Yo jugué allí pocas veces y siempre entre pibes. Los partidos más importantes eran los de la tarde, pues tratándose de personas mayores, casi todos trabajaban sujetos a horario. Salvo alguna trifulca menor -la vez que se agarraron a trompadas dos jugadores del mismo equipo porque uno de ellos consideraba incorrecta una jugada- los partidos eran tranquilos. Pero cuando Miguelucho, el hijo de Don Miguel, negaba la cancha ardía Troya. En el momento culminante de una acción se apersonó con un cuchillo, disponiendo el final del partido, rajamos todos por la calle Bynon, el Cholo llevaba la pelota, a la que había arrojado por sobre el alambrado para luego atesorarla como a un trofeo. Pero la maniobra no surtía efecto, al rato se reanudaba el encuentro.

            Otra vez la cosa fue más cruenta. En medio de un partido, cruzaba el potrero en diagonal Don Carmen Ceballos, el Pampa Ceballos. Este hombre -indio pampa- llevaba el apellido de Estanislao S. Zeballos quien en 1880 había recorrido la pampa trayéndolo desde allí a la “civilización”. Había sido vigilante y solía montar un “gateado” ensillado con un prolijo recado. Vestía traje, botas cortas, camisa y pañuelo corbata. En la referida oportunidad mientras cruzaba para cortar camino, un pelotazo le dió justo en la espalda; peló el fiyingo (1) como una luz... agarró la pelota y ante la sorpresa general nos mostró que la misma estaba compuesta de dos partes simétricas divisibles... Envainó el cuchillo y siguió andando, con el bamboleo que lo caracterizaba, el que había aprendido instintivamente allá en la toldería nativa.     
(1)  Lunfardo. Arma blanca

            Cuando se fundó el Club Cultura el potrero se convirtió en cancha auxiliar donde practicaban los pibes de la sexta, luego se loteó y adquirió lentamente su fisonomía actual, pero no terminó su destino futbolero. Se edificaron en ese lugar dos casas pertenecientes a la familia Gómez, que venían de Avellaneda, eran amigos del gran Antonio Sastre que vivió en la calle Bouchard y los visitaba asiduamente. Yo lo ví una vez practicando en la vereda. ¡Honor al potrero! Pedrito Gómez me contó que Sastre tenía la capacidad pulmonar más alta de todos los futbolistas argentinos. 

Antonio Sastre
(Foto: futbolistasblogspotcom.blogspot.com)


            Otro potrero memorable estaba ubicado en la calle Mitre al 300. En un partido corrí por la línea de wing -así se decía entonces- cuando Alfonso quiso ponerme el pie, lo esquivé y mandé un centro habilitando a los que entraban a cabecear. No recuerdo el resultado, pero seguramente terminé como siempre a las piñas. Recuerdo, eso sí, la acción de la hinchada. La fecha era cercana al 24 de junio, día de San Juan. La costumbre era hacer una fogata a la noche. En un potrero, no futbolero, habían preparado una parva de cardo chileno seco. Arnol se acercó subrepticiamente y con un fósforo anticipó el festejo. Salió de la casa un tipo furioso preguntando a los gritos por qué hacía eso. Antes de emprender la retirada el Gordo dijo : “...y...señor...vivan San Juan y San Pedro”. 

Papá a los 20 años
                                                               
            Mi último partido lo jugué para Huracán de las Cinco Esquinas en el potrero de Talín, Erézcano, entre San Martín y Ramírez. Pantalón negro y zapatillas futboleras, es decir viejas, camiseta oficial con el globito y todo. Creo que ganamos. (Agustín Cusani, autor de “El centrofoward murió al amanecer” decía que a él siempre lo sacaban en andas, los contrarios).
            César Fernández Moreno describe casi fotográficamente la cancha, en un poema que titula “Club Atlético” :             

           “Es el menos atlético de los clubes atléticos
            Este club que denuncia aquel pobre letrero
            Dos arcos agobiados, llovidos, esqueléticos
            Se bostezan su tedio a través del potrero”.

            Para mí POTRERO debe escribirse con mayúsculas pues aún hoy impone su prosapia excelsa a cualquier cancha, por más tribunas de cemento que tenga.     
            Respecto del poema, si me fuera dable hacerle un agregado, copiaría un detalle visto en varias canchas de mi tiempo, y diría :
            “Unas carrocerías descarte de tranvía
            En un costado ancladas ofician de vestuario
            Completan el paisaje la gran melancolía
            De las casitas bajas del barrio proletario”.

            Mientras escribo esto vuelvo en mi memoria a un potrerito junto a la casa vieja en donde me pongo a patear con un pibe crecido que cumplió su promesa. Un jacarandá cercano asiste al partido, sus ramas son un torpe remedo de las manos que lo plantaron y que ahora quieren alcanzar la cabecita del pibe, y al mismo tiempo, tirarme algunas flores azules como el cielo “cachuzo de bolita”, al decir de Julián Centeya. Nunca entendí por qué el adiós se expresa con flores. 


  
Juan Antonio Ventieri

2 comentarios:

Héctor Daniel Pérez dijo...

Como me gustaría poder agradecerle a tu viejo este escrito, que me ha acariciado el alma, y le puso a la previa de la siesta, una melancolía atemporal.
Lo hago en tu persona, que -como dice Silvio Rodriguez- "no es lo mismo ... pero es igual"
Maravillas de la vida que a pesar de todo, sigue siendo hermosa y en colores.
Un abrazo!

Marcelo Ventieri dijo...

Querido Héctor: gracias por estar siempre ahí con tu sensibilidad. Nosotros, los que pasamos (o están a punto de pasar) los 50 nos ponemos lacrimosos con estos recuerdos.